de Cabreos y Devaneos

DELINCUENTES HABITUALES


Doña Primitiva Cardona salió aquella tarde de su casa como cada sábado;  el pelo cardado, una brizna de carmín sin estridencias, colorete en los pómulos y gotitas de un perfume que iba dejando su esencia como una estela tras su paso.

Los fines de semana libraba de nietos y dedicaba el tiempo a atender las necesidades de su Comunidad. Siempre había sido su gran pasión, permanecer al lado del prójimo y abanderar la denuncia de sus carencias delante de quien correspondiese, por algo fue elegida Presidenta por aclamación y sin elecciones de por medio.

Esa tarde, apurada por el reloj y cargada con dos bolsas de buñuelos, se encaminó hacía el local parroquial en donde otras tantas mujeres, jubiladas como ella, compartían sus muchas vivencias, sus pocas alegrías y sus capazos de miserias. La mayoría vivían solas, sin más compañía que persistentes dolores y decenas de pastillas, pues sus maridos fueron llamados a las alturas del Señor cuando la garra del “vente conmigo” terminó por amortajarlos. Otras en cambio, las más afortunadas, acudían acompañadas de cónyuge aunque también en sus bolsos podían encontrarse verdaderos arsenales de medicación que en nada tenían que envidiar a las farmacias. Es lo que tiene la vejez, que todo al final son viruelas.

Poco a poco, hombres y mujeres, fueron entrando en la gran sala y acomodándose ante las mesas; no había prisa, ¡quien la tiene a esas edades cuando cada minuto que suman son ochenta latidos que restan!

Las voces se fueron acallando hasta convertirse en un silencio absoluto, casi sepulcral; roto tan sólo por alguna tos inoportuna y el último rezagado que exhaló el humo de un pitillo antes de cerrar la puerta.

Una treintena de almas esperaban impacientes aquel sonido tan familiar. Todavía, después de tantas tardes, los corazones de muchos apasionados se aceleraban en exceso cuando llegaba el momento. Nadie en aquel instante podía ni siquiera llegar a imaginarse que estaban a punto de cometer un execrable y ominoso delito, pero poco tardarían en saberlo.

-¡Policía, que no se mueva nadie, dejen lo que estén haciendo y pongan las manos sobre la mesa!

Un grupo de fornidos agentes del Cuerpo Nacional de Policía rodearon la sala; y mientras un inspector de la Consejería de Interior del Gobierno Balear se incautaba sin miramientos del bombo y las bolas, otro uniformado requisaba los cartones y 5 euros de bote que estaban a tiro del 73 para que Juana la del quiosco, cantara su primer Bingo y se los embolsicara.

A Joaquín el de la Sole, que andaba por esos días fastidiado del lumbago, tardaron cinco minutos en poder sacarlo de debajo de la mesa. Eso le pasa por rojo, dijo Patrocinio a la vecina, Ha sido entrar “los maderos” y esconderse como si hubiesen llegado los Nacionales.

A Valeriana de poco le sirvió el nombre y tuvieron que asistirla en un rincón de ahogamientos y taquicardia.

Doña Primitiva, que no daba crédito a la situación, increpaba al funcionario que se limitó a encoger los hombros y decir entre dientes que cumplía con las órdenes de arriba.

Acto seguido, los agentes solicitaron a la concurrencia la documentación necesaria para su pertinente identificación y en ese momento, las protestas contra los policías y el gobierno Balear arreciaron con vehemencia.

Una hora y cuarto después de la irrupción y con los ánimos ya más calmados, los jubilados compartían la merienda de buñuelos con la patrulla de asalto mientras aguardaban la llegada del Padre Manolo Haro, a la sazón, capellán de la Iglesia del Beato Ramón Llull de Son Cotoner e ideólogo instigador de las actividades ilícitas de sus parroquianos.

De poco sirvieron los razonamientos eclesiásticos para ablandar el corazón del incólume brazo ejecutor de la ley. Ni el centro de juegos para niños, ni las tardes de baile, ni las aulas de informática que se financiaban con los beneficios generados en las partidas; nada bastó para doblegarlos. Un bingo ilegal a 10 céntimos sin la mordida fiscal del gobierno, entra en competencia desleal con las salas oficiales que pagan sus impuestos y cobran el cartón a quinientas pelas de las de antes.

El hogar parroquial quedó clausurado en aquellos instantes y Doña Primitiva, que ya le vale también el nombre para cantar las bolas en juegos de azar, terminó la tarde en urgencias con un leve pero persistente ataque de ansiedad.

Y a mí, toda esta rocambolesca historia ha terminado por dejarme preocupado porque la madre que me parió, que hasta ayer era una Santa, también pasa las tardes en el bingo de una asociación de jubilados y no tengo yo muy claro que acabe convirtiéndose, si no lo es ya, en una delincuente habitual de cartón blanco.

© Vicente Puchol Mora 2010.

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octubre 23, 2010 - Posted by | Cabreos

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