de Cabreos y Devaneos

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EN LA RIQUEZA Y EN LA POBREZA


El hombre llegó y habló: “He dejado de quererte, lo mejor será que mañana, cada cual, continúe su camino”. La mujer escuchó en silencio, se quitó el delantal y dijo: “Yo tampoco siento nada por ti, pero no esperes a mañana, haz las maletas y vete ahora mismo por dónde has venido”.

De esta conversación tan parca y falta de sentimientos, va a cumplirse casi un año; y aunque el hombre no durmió esa noche ni las seis siguientes en el lecho conyugal, nadie dejó escrito en sus destinos, que fueran a ser definitivas las palabras dichas por este matrimonio que se derrumba.

Como aquel que no quiere,- y nunca mejor dicho-, al séptimo día llamó a la puerta, deshizo la maleta y se acostó en silencio.

Pero no vayan a creer que el marido regresado fue recibido con satisfacción, muy al contrario. La mujer le cedió el paso a la morada y sin apenas inmutarse anunció: “arriba tienes preparada la habitación, no hagas mucho ruido, el niño está acostado”.

A esta situación no se llegó como por ensalmo, la historia, según leerán, viene de largo y no es distinta a tantas otras. El amor un día empieza, el amor otro día acaba. Resumamos el balance de estos cinco años de matrimonio en dos líneas, que la clase media no precisa de más y nuestra pareja no necesitará de menos:

Adosado propio llave en mano, hipoteca a cuarenta años, dos utilitarios, trece meses en paro él, cuatro meses suma ella, un crio de tres febreros que duerme y algo de comer en la nevera.

La soldadura que para la riqueza y la pobreza escucharon un día, empezó a resquebrajarse cuando al sumar dos y dos, no fueron cuatro el resultado hasta que llegó el suegro con las tres que faltaban.  Ahí comenzó todo, con un: “gracias, se lo devolveremos”, respondido de un hiriente: “todo sea por el nieto, si sus padres no pueden, ahí quedan los abuelos”.

Esas palabras, dichas con vehemencia, no pasaron limpiamente por el oído del hombre y quedaron obstruidas en su tímpano. Mal asunto cuando en el bosque, al lobo se le empiezan a ver las orejas.

Ni que decir tiene, que la relación de pareja se fue deteriorando con el tiempo. Alguna discusión por aquí, otra más fuerte por allá: “Ya está bien de tanta ropa, Y tú de tanto tabaco, Otra vez la peluquería, Vende el coche de una vez, No seas tan manirrota, Eres un holgazán, No me tires de la lengua, Sal en serio a buscar trabajo, Ni para cocinar sirves ya, Eres un muerto de hambre, Mas muerta eres tú en la cama, Ni me pones ya con tus babas”. Tanta discusión encendida y el niño llora a bramidos uniéndose a la vocería, luego preguntarán que a quien salió si no calla ni bajo el agua.

Al principio, las peleas dialécticas se solucionaban donde se han concluido desde siempre esta clase de disputas maritales, más tarde, se repartían habitaciones, que de estancias, a la casa hipotecada la vamos viendo bien surtida.

Y en una de estas, como ya quedó dicho, el hombre cogió el petate y se marchó por donde vino.

Lo que supieron luego, cuando hicieron las cuentas; es que junto a la casa, habían hipotecado también sus vidas. Y no pudiendo vender para pagar, no quedó más remedio que volver con el rabo entre las piernas.

Así fue acordado y así sucedió, que no habiendo cuernos ni malos tratos de por medio, bien podrían compartir hijo, techo y comida; que los sentimientos son harina de otro costal y el tiempo cicatriza heridas; que para abrirlas, hace falta dinero y esta pareja ya hemos visto, que no lo tiene ni para divorciarse.

En unos días hará el año de aquel adiós de ida y vuelta; y entre chapuzas, horas y suegros, la vida continúa adelante.

Hoy se han dado un primer beso, en la mejilla, sí, pero por algo se empieza. Quién sabe si cuando lleguen mejores tiempos y un empleo duradero, no terminarán por abrazarse.

© Vicente Puchol Mora 2010.

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septiembre 11, 2010 - Posted by | Devaneos

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