de Cabreos y Devaneos

PORQUE YO?


Cuando su padre se precipitó al vacío desde el balcón del sexto, Daniel sólo tenía once años, unos pantalones cortos, mercromina en las rodillas y una peonza sin hilo en el bolsillo.

Yo lo acompañé en la caída sin saber que sucedía. Era Septiembre y la tarde pintaba radiante, se despojó de todo y se olvidó de mí. Quiero pensar  que fue la costumbre de tenerme siempre consigo, lo que me llevó en aquel tiempo a estar muy cerca de perecer destrozado contra el asfalto, por eso tengo tanto miedo esta tarde, y no solamente por mí, sino también por él,  porque escucho a lo lejos el silbido del tren y no puedo detenerme por más que lo intento. Casi hubiese preferido fenecer entonces cuando nada comprendía, que estar apenas a dos impulsos de engranajes, de que suceda de nuevo lo irremediable.

Durante algunos años de absoluto silencio, viví enclaustrado en la oscuridad de una caja hasta que por fin la madre consideró oportuno el momento. Daniel veía la televisión cuando se le acercó despacio con una pequeña tarta y catorce
velas enhiestas invitándose a extinguir.  Al terminar la canción y convertirse en humo el ardor de la cera, le tendió el paquete que el niño abrió con sumo cuidado mientras sus dedos temblaban, Era de tu padre y lo he guardado para ti, Gracias mamá; es todo cuanto dijo y ambos lloraron. Así fue como pasé de aquel estuche a su muñeca para contarle cada segundo, y no tardarían mis manecillas en dar demasiadas vueltas para intuir que aquel niño, convertido ya en adolescente, era un perfecto desconocido para todos.

Cuántas veces lo escuché excusarse de golpes y moratones delante del padre cuando llegaba del colegio; cuántas otras se refugiaba en su cuarto con el pretexto de estudiar y no permitía nunca que nadie entrara en el baño mientras se aseaba. Poco a poco fui conociendo la verdad y sigo en este instante sin lograr congelarme, sin encontrar la forma de trabar el mecanismo que me da vida y todo se pare, todo se suspenda en el aire y deje de existir el tiempo hasta que el tren vuelva a silbar y Daniel reaccione con el estruendo.

Y es que hoy no pudo robarle el dinero a su madre y el Indio y su pandilla se la tenían jurada, Veinte euros todos los viernes hasta final de curso, te enteras mamarracho, o los traes, o colgamos el video en la red, mariposón de mierda, y ahora vete a llorarle a esa loca, no me extraña que tu padre se suicidara, sois una familia muy rara. Esa era la advertencia y el Indio nunca hablaba por hablar, Daniel lo sabía muy bien, vaya si lo sabía.

Cuando se mudaron de ciudad por el ascenso del padre, tuvieron la suerte de encontrar una vivienda a dos manzanas del colegio, Se terminaron los autobuses, ya no tendrás que madrugar tanto, incluso es posible que aquí encuentres amigos y podáis venir a casa a hacer los deberes.  Daniel asentía cabizbajo sin musitar palabra, hacía apenas unos meses que había tomado la primera comunión y fue el único niño sin pareja en la ceremonia.

Incluso mis padres parecían mantenerse al margen de los otros padres. No tenía amigos y sabía muy bien que nunca los tendría. El colegio donde iría en Septiembre no iba a ser una excepción, por eso aquel verano lo pasé casi a escondidas, sin soltar apenas la consola y siempre pegado al televisor.

Las primeras risas llegaron de inmediato, Niños, os presento a Daniel, Daniel Pichón Gómez. Debería estar acostumbrado, pero siempre sucedía igual, Pichoncito decía uno, Pichoncete decía otro y los demás reían, incluso la profesora parecía demorarse en extinguirlas.

Meses después empezaron las habladurías sobre mi supuesta inclinación sexual, ya ves, yo que no me relacionaba con nadie y me gustaba una chica de clase que nunca llegó a mirarme, y me tachaban de todo. Lloré como un imbécil aquella mañana que al entrar en clase vi escrito en la pizarra: “El Pichoncito mueve las alitas” o la tarde en que me bajaron los pantalones en los lavabos y me llenaron los calzoncillos de hierbas y tierra del patio.

Silbó otra vez el tren y yo no dejaba de escuchar la conciencia de Daniel que me hablaba mientras luchaba contra mi segundero, estaba exhausto, casi desfallecido y el tiempo no se detenía.

Y ahora no podía pagarles lo del video, no, no quiero hablar del video, me obligaron a hacer aquello para grabarlo, yo no podría, nunca, jamás hubiese podido. No se conformaron con las patadas de siempre y las quemaduras de cigarrillo de los últimos meses, pero lo que más dolía eran las palabras, Pichoncete, ya has aprendido a volar o tú padre no te enseñó nunca, Ah no,  que tú padre no sabía, O es que no le habían crecido las alas todavía.

Daniel se levantó del banco mirando el arcén. En sus ojos había furia, rabia contenida y lágrimas, apretó los puños y empezó a andar, Detente Daniel, quieto por favor, intentaba gritarle. Señor, apresa el tiempo, inmoviliza el tren, paraliza al muchacho y yo continuaba con la plegaria y el esfuerzo por detener el minutero.

No recuerdo nada más, conseguí detenerme en aquel instante y he vuelto a despertar en las manos de un relojero. No sé que terminó haciendo Daniel y quizá nunca lo sepa, lo único cierto es que me han metido en un estuche y la oscuridad se ha adueñado del tiempo.

® Vicente Puchol Mora 2010

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junio 19, 2010 - Posted by | Devaneos

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